Su caminar era rampante; sus ojos serenos contrastaban con la fiereza que irradiaba. Sus cabellos bailaba, no al son de viento, sino a su propio ritmo; sus dedos acariciaban el aire, como si se tratase de un fino velo de ceda; su piel blanca, pero estaba tiznada (como si acabase de salir de un día de trabajo en una mina).
Ambos, mi asaltante y yo, quedamos petrificados tan pronto como sentimos su presencia; tan reconfortante, tanto que incluso olvide el dolor de mi herida, producto del impacto de una navaja contra mi abdomen.
Nos pasó de largo, caminó directamente hacia quien, cinco minutos atrás, fuera Annie (nombre artístico). la miró, como se mira a una mujer embarazada, sonrío. Con delicadeza coloco sus manos sobre la cara de Annie, y suavemente la levantó (su cuerpo la siguió); la trajo hacia mi, coloco sus labios sobre los míos. Fue cálido, tan cálido que mis ojos no dudaron en liberar sus lagrimas, tenía el mismo sabor que nuestro primer beso; esa mezcla perfecta entre su aliento a aderezo de ensalada y el mio a vodka (sólo así, logra darme valor para hacerlo).
En algún punto, yo morí, y mi asaltante tomo mi cartera (así como el bolso de Annie) y escapó. No sé como fue, ni en que momento; yo seguía pensando en mi primer beso con Ágata (nombre real), y en el segundo, y en el tercero, el cuarto... y por supuesto en el sexo (y todos esos orgasmos, sexuales y no sexuales, que experimente estando a su lado).